Tihuatlán, Veracruz., 27 de junio de 2025.– Era un día de fiesta. En la comunidad de El Águila, el cielo se adornaba con colores, danzas y fe. Los Voladores de Papantla, guardianes de una tradición ancestral, se preparaban para elevar su rito al Sagrado Corazón. El palo volador, imponente en el centro de la celebración, parecía listo para sostener una vez más la danza sagrada entre el cielo y la tierra.
Pero algo falló.
Minutos después del mediodía, el sonido de la música fue interrumpido por un crujido seco y luego, el silencio. El poste, símbolo de conexión espiritual y raíz de identidad totonaca, cedió. Cinco voladores cayeron desde más de 10 metros de altura ante la mirada impotente de quienes presenciaban el acto.
El dolor fue inmediato, pero también lo fue la solidaridad. Vecinos corrieron. Lloraban. Gritaban nombres. Los cuerpos de emergencia llegaron sin demora: Cruz Ámbar, Protección Civil… Todos se unieron en una sola misión: salvar vidas.
Ismael Callejas Guzmán, director de Protección Civil de Tihuatlán, confirmó que, milagrosamente, no hubo pérdidas humanas. Cinco heridos. Cuatro con posibles fracturas. Uno con una herida profunda en el brazo. Todos conscientes. Todos con vida. El tata papanteco, Rumualdo García de Luna, fue claro: “Están siendo atendidos, no están solos”.
Pero el golpe va más allá de lo físico. En El Águila, el alma de una comunidad está herida. Porque cuando un volador cae, también cae una parte de nuestra memoria, de nuestra cultura, de nuestras raíces. La tradición sobrevivirá, como siempre lo ha hecho, pero esta vez lo hará con cicatrices.
Hoy, México entero abraza a los voladores. Y mientras sanan sus cuerpos, nosotros sanamos recordando que no basta con celebrar la tradición: hay que cuidarla, protegerla, respetarla. Porque cada vez que un volador sube, no solo asciende un hombre… sube con él toda una historia que merece mantenerse en pie.
